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notas

del blog moleskine literario

Un lugar llamado Oreja de perro por Peter Elmore

Friday, June 12, 2009
En el último número de la revista Hueso Húmero aparece la extensa reseña de Peter Elmore a mi novela Un lugar llamado Oreja de perro. Quienes conocen la calidad excepcional de Peter como lector no se sorprenderán de una lectura tan precisa y aguda. Yo, por mi parte, no puedo dejar de sentirme halagado por la atención que Peter le ha puesto a mi novela. Dejo aquí algunos párrafos. La reseña completa la pueden leer en la sección de notas. Dice la reseña:
(...) En las ficciones anteriores de Thays, el escenario de las historias se halla en el extranjero: la acción ( y la observación, que es la forma reflexiva de ésta) se desenvuelve sobre todo fuera del país. Por ejemplo, los cuentos de Las fotografías de Frances Farmer ocurren en Los Angeles y es en un lugar imaginario del Mediterráneo, Busardo, donde pasea su melancolía el protagonista de El viaje interior. Más que un mero deseo de migrar imaginariamente del Perú, de sus problemas urgentes y sus posibilidades utópicas, esa elección revelaba la voluntad de alejarse de la literatura peruana, cuyo cauce más ancho es el realista. Los territorios de la fábula, sin embargo, no son en verdad geográficos. Si los nombres de las ciudades figuran o no en los mapas resulta, a la larga, irrelevante: en los libros de Thays, la realidad de los lugares es tópica y simbólica, no topográfica e histórica. ¿Qué decir, entonces, del lugar que le da título a esta novela? Oreja de perro, ese topónimo extraño, era casi desconocido fuera de Ayacucho y Abancay antes de que, en 2003, en el quinto tomo del Informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación aparecieran, detalladas, las atrocidades que se habían cometido ahí en la década de 1980, durante la guerra interna entre el Estado peruano y Sendero Luminoso. Añado que uno de los poemas más hermosos de Antonio Cisneros -- el elegíaco “Crónica de Chapi”, que está en Canto ceremonial contra un oso hormiguero-- alude a esa zona, donde combatió en los años 60 una columna guerrillera del ELN. En la novela de Thays (y me apresuro a decir que no señalo un desliz de la verosimilitud, sino un trazo deliberado de la escritura), Oreja de perro es una aldea, mientras que en la realidad de Ayacucho, según señala el Informe final de la CVR, se trata de una parte del distrito de Chungui donde se asientan diecisiete comunidades campesinas. Así, el título mismo de la novela encierra una clave: el lugar y su nombre están, en la ficción, transformados, porque designan menos un sitio que un trayecto existencial --el del letrado costeño a la periferia serrana-- y una tarea síquica --la del duelo--. (...) Un lugar llamado Oreja de perro está lejos de ofrecerse como una tentativa de documentar la pesadilla más reciente de la historia peruana, pero está igualmente lejos de ser un drama íntimo con escenografía andina. En la tierra (para él) incógnita de los Andes, el periodista limeño no es un intérprete justo ni un testigo fiel de la realidad de los otros: uno de los aciertos de Un lugar llamado Oreja de perro consiste, pienso, en mostrar --sobre todo a través del encuadre del relato y de su trama-- que entre el forastero de Lima y el campo ayacuchano hay, al mismo tiempo, una distancia insalvable y un vínculo visceral. Ningún mensaje afirmativo se puede extraer de ese contacto, porque lo que definen son los vacíos y las carencias: el puente que se tiende entre el narrador y los lugareños es la vivencia de la pérdida. La cercanía física entre el periodista costeño y los campesinos serranos no da lugar a un diálogo ni a un encuentro, pues la novela no desciende a proponer una fantasía reparadora de unidad y reconciliación; a su manera, ni épica ni propagandística, el relato de Thays muestra que en el Perú los traumas históricos persisten y los abismos culturales no han dejado de ser hondos. Un lugar llamado Oreja de perro es, entre otras cosas, un relato sobre personas que no pueden --y, en ocasiones, no quieren-- entenderse plenamente ¿Qué es lo que puede saber y descubrir el narrador? ¿Qué sentido tiene su travesía? (...) De la capacidad de recordar, más que del inventario de los recuerdos atroces, se ocupa Un lugar llamado Oreja de perro. El relato comienza, significativamente, con el caso de un amnésico en cuya mente no quedan huellas de su familia, a la que perdió en un accidente. ¿La suerte de ese hombre no es mejor que la del padre acongojado que escribe su diario de viaje? Parecería que la respuesta es obvia, pero en otro pasaje se lee esta confesión: “Desde pequeño siempre tuve miedo a perder la memoria repentinamente, en medio de la calle, y no saber cómo regresar a mi casa”. El costo de olvidarlo todo es el extravío, la pérdida de la orientación. Se entiende, por eso, que el viaje guíe la redacción del diario y sostenga la identidad de quien escribe. Y, sin embargo, una paradoja acecha y mina la tarea del personaje: “Pensamos que las fotografías, los recortes de periódico, las cartas, los videos, los testimonios, los recuerdos, sostienen la memoria. Pero no la sostienen, la reemplazan”. También la reemplaza, se diría, el texto acezante, de pausas enfáticas y desiguales, que se ofrece a nuestra lectura. Escribir es, entonces, un modo paradójico de alejar los recuerdos, de liberarse de ellos: una purga, se diría, de la materia oscura y tóxica que se empoza en el interior de la conciencia. El más terrible y conmovedor de los hechos del pasado sucedió unos meses antes: “La noche en que murió, mientras le daba de comer Paulo me dijo que le dolía la nuca. Acababa de cumplir cuatro años y se cogía la cabeza como si tuviera cincuenta. Tenía el ceño fruncido”. El dolor de la escena se desplaza del hijo al padre, del momento pretérito a la actualidad del recuerdo. Pero, además, la imagen --precisa en su desolación-- fija tristemente la ilusión de un futuro que no ocurrirá: Paulo nunca tendrá más de cuatro años. En el sitio de pena y penitencia que es Oreja de Perro, el padre que no tiene ya a su hijo se une, en cópulas exasperadas, con Jazmín, una huérfana que lleva en el vientre al hijo del asesino de la madre de ella. No hay placer ni armonía en esos encuentros, cuyo erotismo es oscuramente catártico. Jazmín, sin duda, es del todo distinta a las más bien cinematográficas beldades que el narrador prefiere (y que, a la larga, se diluyen algo en un segundo plano de la novela). (...) La estadía en el páramo andino es penosa, pero también reveladora. El lenguaje lacónico y despojado, ocasionalmente pedestre y a veces atravesado por un inesperado lirismo, expresa con bastante eficacia las circunstancias y el temple del protagonista. Solo en ciertos pasajes (pienso, sobre todo, en las conversaciones con Maru) desfallece el estilo y se vuelve tan llano que pierde, en su simplicidad, tensión y resonancia. Esos desniveles esporádicos, sin embargo, no disipan la atmósfera del relato ni desdibujan el perfil del narrador. Por cierto, uno de los rasgos mejor logrados de Un lugar llamado Oreja de perro es la consistencia con la que el novelista crea al personaje central a través de la voz y la experiencia de éste: en toda la obra narrativa de Thays, el periodista que da cuenta de su pesadumbre y su crisis es, creo, la presencia más memorable. El dolor --físico y moral-- le aporta sustancia y gravedad al mundo representado de Un lugar llamado Oreja de perro. El dolor que impregna al relato no puede, sin embargo, mostrarse natural y espontáneamente, sino bajo la forma del artificio. Al principio de la novela, el cronista hace notar --a propósito de las declaraciones del deudo de una víctima de la violencia-- que “incluso para hacer un testimonio de esa naturaleza había que actuar un poco. O, mejor dicho, sobre todo cuando uno quiere decir una verdad tan grave como aquella debe saber fingir”. En su última novela, la primera de su madurez creadora, Iván Thays demuestra, con intensidad y agudeza, la validez de esa convicción.

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Viaje al interior

Peter Elmore/ Hueso Húmero 52

Durante el lapso breve, intenso y azaroso en el cual compone su relato, el narrador de Un lugar llamado Oreja de perro(2008) toca fondo y llega lejos: viaje al final de la propia noche y encuentro con el dolor ajeno, el texto --crónica de viaje y confesión urgente -- es, al mismo tiempo, evidencia del trauma y tentativa de curación. Historia de muertos sin paz y sobrevivientes sin consuelo, la novela de Iván Thays está regida por los rigores y las flaquezas de la imaginación y la memoria. Escribir --intuye el narrador y protagonista-- es lo último que le queda, pero acaso no baste: la relación entre la palabra y el cuerpo, entre el orden de los signos y la presencia humana, se presenta (o, mejor dicho, se representa) en Un lugar llamado Oreja de perro bajo la forma de la tensión y el desgarramiento.

La primera persona de Un lugar llamado Oreja de perro está en la sima de su existencia. Cuando parte al destino desde el cual redacta, con apremio, la mayor parte de su crónica, han pasado unos meses desde la muerte de su hijo y unas horas desde que su esposa le ha anunciado por carta el final de su vida en común. La desdicha familiar opaca y pone en perspectiva el declive profesional, pues el narrador ha pasado de la notoriedad televisiva al opaco refugio de un semanario. La razón --o, mejor dicho, el pretexto-- que lo lleva a un caserío inhóspito y paupérrimo en los Andes peruanos es una demagógica visita presidencial. Ese hueco acto protocolar, que el mal clima aplaza, no será la materia del relato, pues la intriga se centra en la encrucijada afectiva del narrador y en un crimen pasional que, oblicua pero decisivamente, lo compromete. En la lejanía desolada de Oreja de perro, la vida --a pesar de las apariencias espectrales-- sigue ocurriendo: el sexo y la violencia así lo prueban.

En las ficciones anteriores de Thays, el escenario de las historias se halla en el extranjero: la acción ( y la observación, que es la forma reflexiva de ésta) se desenvuelve sobre todo fuera del país. Por ejemplo, los cuentos de Las fotografías de Frances Farmer ocurren en Los Angeles y es en un lugar imaginario del Mediterráneo, Busardo, donde pasea su melancolía el protagonista de El viaje interior. Más que un mero deseo de migrar imaginariamente del Perú, de sus problemas urgentes y sus posibilidades utópicas, esa elección revelaba la voluntad de alejarse de la literatura peruana, cuyo cauce más ancho es el realista. Los territorios de la fábula, sin embargo, no son en verdad geográficos. Si los nombres de las ciudades figuran o no en los mapas resulta, a la larga, irrelevante: en los libros de Thays, la realidad de los lugares es tópica y simbólica, no topográfica e histórica.

¿Qué decir, entonces, del lugar que le da título a esta novela? Oreja de perro, ese topónimo extraño, era casi desconocido fuera de Ayacucho y Abancay antes de que, en 2003, en el quinto tomo del Informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación aparecieran, detalladas, las atrocidades que se habían cometido ahí en la década de 1980, durante la guerra interna entre el Estado peruano y Sendero Luminoso. Añado que uno de los poemas más hermosos de Antonio Cisneros -- el elegíaco “Crónica de Chapi”, que está en Canto ceremonial contra un oso hormiguero-- alude a esa zona, donde combatió en los años 60 una columna guerrillera del ELN. En la novela de Thays (y me apresuro a decir que no señalo un desliz de la verosimilitud, sino un trazo deliberado de la escritura), Oreja de perro es una aldea, mientras que en la realidad de Ayacucho, según señala el Informe final de la CVR, se trata de una parte del distrito de Chungui donde se asientan diecisiete comunidades campesinas. Así, el título mismo de la novela encierra una clave: el lugar y su nombre están, en la ficción, transformados, porque designan menos un sitio que un trayecto existencial --el del letrado costeño a la periferia serrana-- y una tarea síquica --la del duelo--.

No hay, en la narrativa peruana de los últimos veinte años, un tema más insistente y transitado que el de la violencia política desatada por Sendero y sofocada por las fuerzas armadas. Dos censos útiles y polémicos de ese fenómeno literario son la antología Toda la sangre, de Gustavo Faverón, y los dos ensayos de Miguel Gutiérrez sobre lo que él llama “narrativa de la guerra”, ahora incluidos en El pacto con el diablo. Por cierto, Thays parece una presencia improbable en la lista de los autores a los que convoca el tema del conflicto armado y sus secuelas, sobre todo porque no pocas veces ha dado la impresión de estar en campaña contra cualquier forma de realismo. Un lugar llamado Oreja de perro está lejos de ofrecerse como una tentativa de documentar la pesadilla más reciente de la historia peruana, pero está igualmente lejos de ser un drama íntimo con escenografía andina. En la tierra (para él) incógnita de los Andes, el periodista limeño no es un intérprete justo ni un testigo fiel de la realidad de los otros: uno de los aciertos de Un lugar llamado Oreja de perro consiste, pienso, en mostrar --sobre todo a través del encuadre del relato y de su trama-- que entre el forastero de Lima y el campo ayacuchano hay, al mismo tiempo, una distancia insalvable y un vínculo visceral. Ningún mensaje afirmativo se puede extraer de ese contacto, porque lo que definen son los vacíos y las carencias: el puente que se tiende entre el narrador y los lugareños es la vivencia de la pérdida. La cercanía física entre el periodista costeño y los campesinos serranos no da lugar a un diálogo ni a un encuentro, pues la novela no desciende a proponer una fantasía reparadora de unidad y reconciliación; a su manera, ni épica ni propagandística, el relato de Thays muestra que en el Perú los traumas históricos persisten y los abismos culturales no han dejado de ser hondos. Un lugar llamado Oreja de perro es, entre otras cosas, un relato sobre personas que no pueden --y, en ocasiones, no quieren-- entenderse plenamente ¿Qué es lo que puede saber y descubrir el narrador? ¿Qué sentido tiene su travesía? Casi al principio del libro, el narrador apunta que al presidente de la CVR, que es filósofo y rector de una universidad, le interesa la Verdad. “A mi el tema que me atraía era el Mal”, agrega. El periodista es (según un lugar ya común en la literatura peruana) un escritor incipiente o trunco, pero no por eso es menos reveladora su posición, que uno asume es también la de Thays: el novelista no intenta esclarecer los hechos de la guerra, sobre los cuales hay textos tan rotundos y certeros como el mismo Informe de la CVR o Muerte en el Pentagonito, de Ricardo Uceda; su propósito, más bien, es el de indagar en los rastros del dolor, en los efectos que la crueldad deja en victimarios y víctimas.

De la capacidad de recordar, más que del inventario de los recuerdos atroces, se ocupa Un lugar llamado Oreja de perro. El relato comienza, significativamente, con el caso de un amnésico en cuya mente no quedan huellas de su familia, a la que perdió en un accidente. ¿La suerte de ese hombre no es mejor que la del padre acongojado que escribe su diario de viaje? Parecería que la respuesta es obvia, pero en otro pasaje se lee esta confesión: “Desde pequeño siempre tuve miedo a perder la memoria repentinamente, en medio de la calle, y no saber cómo regresar a mi casa”. El costo de olvidarlo todo es el extravío, la pérdida de la orientación. Se entiende, por eso, que el viaje guíe la redacción del diario y sostenga la identidad de quien escribe. Y, sin embargo, una paradoja acecha y mina la tarea del personaje: “Pensamos que las fotografías, los recortes de periódico, las cartas, los videos, los testimonios, los recuerdos, sostienen la memoria. Pero no la sostienen, la reemplazan”. También la reemplaza, se diría, el texto acezante, de pausas enfáticas y desiguales, que se ofrece a nuestra lectura. Escribir es, entonces, un modo paradójico de alejar los recuerdos, de liberarse de ellos: una purga, se diría, de la materia oscura y tóxica que se empoza en el interior de la conciencia.

El más terrible y conmovedor de los hechos del pasado sucedió unos meses antes: “La noche en que murió, mientras le daba de comer Paulo me dijo que le dolía la nuca. Acababa de cumplir cuatro años y se cogía la cabeza como si tuviera cincuenta. Tenía el ceño fruncido”. El dolor de la escena se desplaza del hijo al padre, del momento pretérito a la actualidad del recuerdo. Pero, además, la imagen --precisa en su desolación-- fija tristemente la ilusión de un futuro que no ocurrirá: Paulo nunca tendrá más de cuatro años. En el sitio de pena y penitencia que es Oreja de Perro, el padre que no tiene ya a su hijo se une, en cópulas exasperadas, con Jazmín, una huérfana que lleva en el vientre al hijo del asesino de la madre de ella. No hay placer ni armonía en esos encuentros, cuyo erotismo es oscuramente catártico. Jazmín, sin duda, es del todo distinta a las más bien cinematográficas beldades que el narrador prefiere (y que, a la larga, se diluyen algo en un segundo plano de la novela). Mónica, la esposa que acaba de abandonarlo se parece, nos dice, a Mia Farrow; Maru, la joven antropóloga que lo encuentra interesante, es parecida a Dominique Sanda, quien encarnó a una pálida y bellísima Micol en El jardín de los Finzi Contini. Ninguna de las dos, me parece, importa decisivamente en la novela, pues el romance --fallido o posible-- no es lo que la impulsa y le da aliento. De hecho, es sintomático que el diario de viaje desplace y, a la larga, casi suprima la réplica epistolar a la carta de adiós que Mónica le deja al narrador. La mujer con la que el periodista se involucra no está, en absoluto, prestigiada por la idealización romántica: “¿Jazmín? No, imposible contar con ella a futuro. Está embarazada. Piensa que habla con los ángeles. Tiene los dientes parecidos a los de mi ex empleada. Es chola. Está en otro mundo, obvio, un mundo completamente distinto al mío”. A pesar de eso, la relación --tortuosa y extraña-- que se traba entre ambos es el nudo y el centro emocional de lo que sucede en las jornadas del relato. Así, una sombra hedionda y melancólica cubre las ceremonias del sexo: la unión de los cuerpos no celebra los sentidos, sino que sella un pacto de íntima complicidad.

“La altura ha vuelto a afectarme, respiro con dificultad y empiezo a sentir con insistencia el latido de las sienes”, confiesa el narrador. Los síntomas son literales, pero también dan cuenta del estado en que se encuentran el ánimo y la conciencia del protagonista. Paradójicamente, cambiar de ambiente lo sitúa en su verdadera condición: fuera de su medio, el viajero experimenta el malestar (que es, en este caso, un mal estar)de un modo extremo. La estadía en el páramo andino es penosa, pero también reveladora. El lenguaje lacónico y despojado, ocasionalmente pedestre y a veces atravesado por un inesperado lirismo, expresa con bastante eficacia las circunstancias y el temple del protagonista. Solo en ciertos pasajes (pienso, sobre todo, en las conversaciones con Maru) desfallece el estilo y se vuelve tan llano que pierde, en su simplicidad, tensión y resonancia. Esos desniveles esporádicos, sin embargo, no disipan la atmósfera del relato ni desdibujan el perfil del narrador. Por cierto, uno de los rasgos mejor logrados de Un lugar llamado Oreja de perro es la consistencia con la que el novelista crea al personaje central a través de la voz y la experiencia de éste: en toda la obra narrativa de Thays, el periodista que da cuenta de su pesadumbre y su crisis es, creo, la presencia más memorable.

El dolor --físico y moral-- le aporta sustancia y gravedad al mundo representado de Un lugar llamado Oreja de perro. El dolor que impregna al relato no puede, sin embargo, mostrarse natural y espontáneamente, sino bajo la forma del artificio. Al principio de la novela, el cronista hace notar --a propósito de las declaraciones del deudo de una víctima de la violencia-- que “incluso para hacer un testimonio de esa naturaleza había que actuar un poco. O, mejor dicho, sobre todo cuando uno quiere decir una verdad tan grave como aquella debe saber fingir”. En su última novela, la primera de su madurez creadora, Iván Thays demuestra, con intensidad y agudeza, la validez de esa convicción.

Un vuelco notable

Friday, May 15, 2009
Cuadernos Hispanoamericanos
España, mayo 2009


por Alfredo Bryce Echenique


Llegar a la ceremonia de entrega del premio Anagrama de 2008 y enterarme de que el primer finalista era el notable escritor Ivan Thays, fue cosa de minutos y motivo de gran alegría, no sólo porque desde su primera novela este joven narrador se reveló como una voz realmente novedosa en la literatura de mi país, sino porque a partir de ahora sus libros saldrán del ámbito estrictamente peruano y se harán conocer en todo el ámbito de la lengua española.

Hoy, en una lejana playa del sur de Lima, acabo de leerme de un tirón Un lugar llamado Oreja de Perro, y hasta minutos antes de escribir estas líneas he releído una y otra vez numerosas páginas y párrafos de este libro tan parco como insólitamente elocuente, que no sólo marca una ruptura casi total con la obra anterior de Thays, sino que además está escrito en una clave absolutamente autobiográfica que poco o nada tiene que ver, por ejemplo, con El viaje interior, por citar tan sólo una de sus anteriores novelas.

La nueva novela de Iván Thays es el relato frío, seco, y aterradoramente conmovedor de una tragedia personal: la muerte de un niño de tan sólo tres años de edad y la consiguiente separación de sus jóvenes padres, como consecuencia de tanto y tamaño dolor. De este escenario hecho añicos partirá un joven periodista a vivir su duelo en Oreja de Perro, un muy alejado poblacho ayacuchano en el que aún continúan ardiendo las atroces huellas de la guerra senderista, con todas sus consecuencias de miedo y de dolor. Reina un silencio a gritos por todas partes en este lugar olvidado de la mano de Dios, donde lo peor de todo es precisamente esta manera del silencio que nos lleva, cómo no, al genial relato de Juan Rulfo titulado “Luvina”, en el que logramos escuchar nada menos que el ruido del silencio con sus aterradores, macabras voces.
Nada le importa ya al protagonista de la novela de Thays las razones por las que ha llegado, o buscado llegar, a Oreja de Perro, sean éstas la Comisión de la Verdad y Reconciliación, la entrevista a un hombre que ha perdido súbitamente la memoria, o una muy inusitada y publicitada visita del entonces presidente Alejandro Toledo. Este joven reportero va a donde va y punto. O, mejor dicho, llega a Oreja de Perro con la misma e interior lejanía y silencio con los que está aprendiendo a vivir, ¿o habrá tal vez que decir con los que está aprendiendo a sobrevivir o incluso a morir en vida? Habla como un apuntador de teatro, deambula como un alma en pena, traba relación, incluso carnal, con mujeres que nunca parecen estar realmente a su lado, ni siquiera cuando están en la misma cama.

En un mundo en que el personaje central sólo tiene –sólo puede tener, se diría- vida interior, todos los demás personajes se nos presentan como mudas comparsas o como fantasmas y apariciones más o menos efímeras y jamás trascendentes. Los habitantes de Oreja de Perro sabe Dios qué no callan, y entre ellos este personaje central no camina sino que deambula entre policías, soldados, indios, e incluso un fotógrafo alcohólico cuya verborrea no le impide ser tampoco un muerto viviente más en este pueblo mudo que sobrevive como puede después de un desastre.

La asombrosa parquedad con que Ivan Thays nos cuenta una tragedia particular sobrepuesta a otra colectiva es sin duda el más grande logro de esta novela perturbadora. La precisión y concisión del vocabulario, la sabia distribución de las escasas pero altamente significativas reiteraciones, la asombrosa rigidez con la que asistimos al absurdo y patético deambular de un alma en pena por una geografía difunta, poblada por vidas rotas, en lo más íntimo y en lo más perceptible, son otros tantos logros de un escritor que en esta novela memorable realmente nos asombra por la limpia y perfecta ejecución de un salto triple mortal y sin red.

Reseña en "Brecha" (Uruguay)

Suplemento "Brecha" (Uruguay) 15 de Mayo del 2009

I Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve 2009

Wednesday, May 13, 2009
Bases:

La Cámara Peruana del Libro, con la finalidad de conmemorar el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, así como alentar la creatividad literaria de nuestra población, el fomento de lectura y promover la oferta editorial convoca al I Premio Cámara peruana del Libro de Concurso de Novela Breve 2009, con arreglo a las siguientes bases:

Participantes.-
Podrán participar en el concurso todas las personas de nacionalidad peruana, residentes en el Perú o en el extranjero, mayores de edad.

Requisitos.-
1. Cada participante presentará una sola obra de tema libre, original e inédita, escrita en lengua castellana, no premiadas o pendientes de fallo en otros certámenes, ni esté publicada parcial o totalmente, en formato impreso o electrónico.

2. La obra deberá tener una extensión mínima de 70 páginas y máxima de 150 páginas, las cuales se presentarán en formato Word, fuente Times New Roman de 12 puntos, a doble espacio, por una sola cara y debidamente numeradas. El trabajo debe tener título y será firmado con un seudónimo.

Entrega de Trabajos.-
3. En un sobre cerrado tamaño A4 se enviará cuatro copias impresas de la obra y una copia en formato CD. En la parte externa de este sobre se indicará ?I Premio de Novela Breve Cámara Peruana del Libro?, el título de la obra y el seudónimo, y en su interior, además, se adjuntará un sobre tamaño A5 que contendrá los nombres y apellidos, edad, documento de identidad, domicilio, teléfonos y correo electrónico del autor o la autora. Este último sobre sólo será abierto por el Jurado Calificador una vez emitido su fallo.

4. Los trabajos serán enviados a la Cámara Peruana del Libro, en la siguiente dirección: Avenida Cuba N° 427, Lima 11, Perú, en días laborables, horario de oficina y hasta el 15 de julio de 2009. Las obras enviadas por correo serán admitidas siempre y cuando se registre en el matasellos una fecha que no supere el límite establecido.

Jurado Calificador
5. El Jurado Calificador, conformado por Francesca Denegri, Ricardo González Vigil, Julio Ortega y Doris Moromisato (como representante de la Cámara Peruana del Libro), elegirá un único trabajo ganador, que se hará acreedor a un premio de S/. 10,000.00 (diez mil nuevos soles) y la publicación de la obra. La Cámara Peruana del Libro se reservará los derechos de edición durante un año.

6. El fallo del Jurado Calificador es inapelable. La obra ganadora puede declararse desierta. El premio no se distribuirá entre dos o más concursantes. Y si el Jurado considera pertinente, se efectuarán las menciones honrosas de otros dos trabajos finalistas.

7. El Jurado Calificador resolverá cualquier incidente que se presente en el transcurso del concurso así como interpretar las dudas que pudieran surgir de la aplicación de las bases.

Premiación y Publicación.-
8. El acto de premiación se realizará el 2 de agosto de 2009 en la 14ª Feria Internacional del Libro de Lima. La presentación de la publicación del libro ganador se realizará durante la 30ª Feria del Libro Ricardo Palma, en noviembre de 2009.

Aceptación de las bases y devolución de trabajos no premiados.-
9.- El hecho de participar supone la aceptación de las presentes condiciones y la conformidad con las decisiones del Jurado Calificador. Los trabajos no ganadores podrán ser retirados en la sede de la Cámara Peruana del Libro hasta el 30 de agosto de 2009, después de esa fecha los trabajos no reclamados serán incinerados sin responsabilidad para la institución organizadora, no habiendo lugar a reclamo alguno. La Cámara Peruana del Libro no se hace responsable de pérdida de originales y/o copias.

Lima, 23 de abril de 2009.
Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor

Cuando el dolor se vive a secas

Thursday, April 23, 2009
Entrevista: Daniel Viglione
Publicado en El Observador (Uruguay)
Sábado 11 abril 2009

Ya desde uno de los epígrafes del libro, el de Cees Nooteboom, uno percibe que va a enfrentarse con una obra dura, fuerte, reflexiva. ¿Cómo surgió la necesidad de contar una historia tan traumática como fue la del terrorismo de Estado que vivió Perú en la década de 1980?

En realidad, lo que yo quería contar no era la historia del terrorismo sino la del dolor de un hombre que pierde a su hijo. Ese es el núcleo central, la ausencia del hijo, el dolor por la pérdida, el dolor a secas. Pero en algún momento de la escritura descubrí que el dolor de aquel hombre puede ser compartido –aunque solo simbólicamente- con el colectivo. Que un dolor es inmenso pero no único, que hay otros que sufren y podemos aprender de ese otro sufrimiento y no solo del nuestro. Entonces surgió la posibilidad de estableces vínculos entre el dolor individual y el colectivo.

Si bien la novela se sitúa en el final del gobierno de Toledo, los hechos más duros del relato (quitando el de la muerte del hijo del protagonista) pertenecen a este pasado más reciente de Perú y son narrados justamente en el sitio más golpeado por el terrorismo de Estado que hubo en su país. ¿Por qué decidió enclavar la novela en ese período? ¿Necesitó de esta distancia para lograr acercarse, más hondamente, a un tema tan delicado como el de la dictadura militar y el de la guerrilla en su país?

Uno de los temas fundamentales de la novela es el papel que ocupa la memoria a la hora de superar el dolor. ¿La memoria debe ser superada, obviada, para poder superar el dolor? ¿O, por el contrario, deberíamos enfrentarnos a ese dolor con la memoria intacta y si es posible aumentada con los testimonios del pasado que no hemos querido conocer? El primer paso para superar el dolor es enfrentarnos a nuestra memoria. Por eso, el personaje hace el recuento de su doloroso pasado mientras que el país entero, a través de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación lo hace del suyo. Por eso ubiqué la historia en ese momento mismo, el del pasado recobrado y proyectado en el presente. Situé además la historia en una zona tan convulsa porque me pareció importante que el narrador, limeño y de la burguesía, se enfrente radicalmente a un territorio que le es ajeno por completo, incomprensible, pero cuya persistencia es en sí misma (como el epígrafe de Nooteboom lo pide) un recordatorio de que el dolor existe y es real.

¿No piensa usted que todavía hay algunos sectores de la sociedad peruana que no están preparados para esta novela o que preferirían no leerla?

Creo que hay sectores de la sociedad peruana, especialmente intelectual de izquierda, que no están preparados para leer una novela donde un peruano limeño de clase adinerada se contraste con el mundo andino y que acepte que no lo comprende, aunque comparte algo con él como es la pérdida de los seres amados. En el Perú, solo se puede escribir desde la “mala conciencia”, desde la culpa por no haber sido capaces de entender el horror en el momento mismo cuando ocurría. Pero creo que es importante saber por qué no fuimos capaces de entenderlo, qué estaba pasando en la vida de cada uno de nosotros en ese instante mismo y saber reconocer, además, que en un país tan dividido como el nuestro es imposible esperar una reconciliación auténtica si no sabemos reconocer que el dolor propio es tan importante y significativo como el ajeno. No se trata de abrazarnos entre todos y hacer la ficción que nos entendemos ahora sí. Eso es imposible, inverosímil. Lo que podemos hacer es vivir cada uno en su esfera y tratar de compartir los espacios comunes con dignidad, solidaridad y respeto.

¿Cuando el protagonista no puede contestarle a su mujer esa carta que tiene pendiente, y que tiene que ver con el abandono de ella, qué es lo que está queriendo decir realmente? ¿Hay algún tipo de alusión a cómo Perú ha enfrentado este tema de la violencia política?

El narrador de mi novela es un autista. Es incapaz de expresar lo que siente. El dolor de la pérdida del hijo y el abandono de su esposa lo ha silenciado. Pero en realidad desde antes, desde mucho antes de esas pérdidas, él era un autista incapaz de conectarse seriamente con los demás, aunque tenía una sensibilidad afinada como oreja de perro. Escribir esa carta es una imposibilidad para él, al menos mientras no tenga un aprendizaje de toda su experiencia. Y cuando aprende, escribir la carta es lo de menos porque el objetivo ya está cumplido.

¿Por qué si el protagonista es un periodista de prestigio le cuesta tanto comunicarse con los otros? ¿Es la muerte del hijo del protagonista la culpable de sus silencios? ¿Cómo hizo para escribir esos pasajes tan duros? (confieso que soy padre de un niño de dos años y cada vez que el libro hablaba sobre Paulo se me paraba el corazón)

Qué bueno lo que me dices sobre la lectura. A mí también se me paralizaba el corazón mientras escribía la novela, qué bien que pude transmitir mi propio miedo. Bueno, creo que en la respuesta anterior te contesté un poco lo de por qué le cuesta comunicarse con los demás. Tiene que ver con su personalidad autista. Quizá por eso mismo justamente es periodista. Un observador que busca la objetividad en los hechos, sin comprometerse en ellos.

¿Pueden ser las palabras del fotógrafo Scamarone, “¿Saben cuál es la sensación más difícil de retratar? El cinismo. Es prácticamente imposible”, un resumen de la idea central del libro? ¿Para usted, la sociedad peruana, sabía o no lo que estaba sucediendo con los secuestros, las desapariciones y las muertes? ¿Puede haber en esa frase una alegoría a cómo Perú reaccionó ante estos hechos?

Yo creo que esa frase de Scamarone resume lo que pienso no solo del Perú sino del mundo. De las personas. Creo que el peor problema de la humanidad es que somos incapaces de creer en los demás y en parte es porque no podemos identificar en los otros su capacidad para la mentira, para la estafa, para el cinismo. Cierto, encaja perfectamente eso con los años de Fujimori, un personaje cínico por excelencia. Pero sé que Scamarone se refería a algo más general que la historia política reciente del Perú.

En su libro Un lugar llamado Oreja de Perro el tema de la memoria está presente todo el tiempo pero desde dos miradas muy distintas: por un lado la memoria como elemento que ayuda a reconstruir el presente y por otro lado como obsesión, como miedo, como si perderla fuera un salto al vacío o a la irrealidad. ¿Cómo explica estas dos miradas?

Bueno, para contestarte eso tendría que volver a contar la novela. Esos dos lados están presentes en cada capítulo, en toda la novela, casi diría en cada escena. El narrador parte con la necesidad de olvidar, envidiando a un amnésico que entrevistó para su revista. Y luego, llega a la conclusión que lo único que lo hará libre, que conseguirá ayudarlo a superar la pérdida y el duelo, es contar con la memoria como un intérprete de emociones, de las suyas y las ajenas. La memoria no como espía (la frase de la profesora de chino al amnésico al principio de la novela) sino como una maestra. Una maestra muy dolorosa y nada concesiva, eso sí.

¿Alguna de las dos le pertenece más a usted que al personaje?

Las dos por igual. Depende de la luna (lo digo en serio).

¿Sirven libros como Un lugar llamado Oreja de Perro para sanear viejas heridas o para mantener viva la memoria?

Yo creo que mi novela fue, en primer lugar, un intento de salvarme a mí. Una expiación personal. No creo que existan libros que pueden sanear viejas heridas, porque no creo que las heridas deban ser saneadas ni superadas. Yo creo en las cicatrices. Me gustan los vestigios, las ruinas (de eso trata mi novela El viaje interior). Creo en los museos del dolor. Creo en los lugares de encuentro. Creo que las heridas están ahí para hacernos recordar lo que somos, lo que hemos vivido y que hemos llegado a este mundo para aprender, no para ser felices inconscientemente.

¿Nunca ha pensado que la memoria, en realidad, sirva para olvidarnos de las cosas?

Voy a pensarlo.

¿Puede ser ese olvido una forma de asumir la derrota y las pérdidas?

Creo que la única forma de asumir y entender esas derrotas y pérdidas es llegar a la convicción del ciego de Diderot, que está al final de la novela: no pidas lo que no es para uno, sino lo que nos perteneces. Hay que aprender a pedir no que nos den visión sino brazos más largos.

¿Qué fue lo primero que sintió al enterarse que su obra Un lugar llamado Oreja de Perro había sido la finalista del Premio Herralde?

Una enorme felicidad de saber que mi novela ingresaría al catálogo de mi editorial favorita en el idioma, donde he leído a tantos maestros.

¿Por qué ya no sale al aire el programa de televisión Vano oficio? ¿Qué pasa con la literatura en ese medio?

Porque el gerente de televisión descubrió, luego de 7 años en el aire, que no pronunciaba bien las vibrantes múltiples, y concluyó contundentemente que una persona culta que, además, pretendía dar cultura al país, no podía ser una persona con deficiencias en el habla. Claro, nunca reemplazó al programa por un conductor con una voz perfecta. Todavía siguen repitiéndose viejos programas, creo.


¿Por qué, para qué y para quiénes creó el blog Moleskine Literario?

Para mí. Para todos. Y para qué, no sé. Quizá porque siempre tengo demasiada información, leo demasiado sobre actualidad literaria, y me gusta descargarla en el blog para así liberar un poco mi cabeza y quedarme solo con lo esencial. No quién ganó tal premio ni quién se peleó con tal persona sino quizá solo una frase, un gesto, un comentario de algún escritor o de un reseñista. Para eso existe Moleskine Literario, creo, es como un puerto usb de mi memoria literaria.

El personaje como punto de fuga

Tuesday, April 07, 2009
Felipe Fernández
LA NACION
Sábado 4 de abril 2009

Un periodista es enviado a Oreja de Perro, un caserío situado en el departamento de Ayacucho, donde abundan las fosas clandestinas que recuerdan la época del terrorismo de Sendero Luminoso y la represión del ejército. El cronista debe cubrir la visita del presidente Alejandro Toledo (2001-2006), quien cerca del final de su mandato "ha escogido la zona para iniciar un programa de reparto de dinero para los campesinos".

El inicio de Un lugar llamado Oreja de Perro (Finalista del Premio Herralde de Novela) parece anunciar un argumento centrado en la violencia política de aquellos años, pero el texto pronto se desvía en otras direcciones. Su autor, el peruano Iván Thays, acomoda al protagonista y narrador de la historia como un punto de fuga en el cual convergen los diferentes episodios que componen la estructura de la obra.

Al hombre de prensa le atrae el concepto de la maldad como esencia del ser humano, más que el de la verdad buscada por la comisión encargada de investigar los crímenes cometidos en la zona. También parece obsesionado por el caso de una persona que perdió la memoria y la posibilidad de considerar la amnesia como una liberación. Sin embargo, estos temas quedan a la deriva y no reciben un desarrollo concreto.

Dos hechos han sacudido el mundo afectivo del periodista y configuran su estado mental cuando llega a Oreja de Perro: la muerte de Paulo, su hijo de cuatro años, y una crisis en su matrimonio que sugiere una ruptura definitiva. Hay una larguísima carta de su esposa Mónica que debe contestar, en la cual supuestamente le dice por qué lo ha abandonado.

En el albergue donde se hospeda conoce a Jazmín, una muchacha que ha quedado embarazada de un militar. Con ella inicia una relación sexual sin demasiado compromiso de parte de él, como si sólo intentara anestesiarse contra la melancolía y la frustración que carga en el alma. Podría intuirse, en este punto, una identificación con el amnésico, que perdió la memoria "luego de matar en un accidente a su esposa y su hijo", pero esa frágil conexión simbólica no basta para hablar de simetría o unidad.

Thays cuenta las cosas con solvencia. La primera persona le da aire y libertad de movimiento para discurrir a tientas, sin ajustarse a una orientación precisa. El uso reiterado del punto y aparte ordena las oraciones en flujos espaciados, como si quisiera remarcarse que la aparente falta de trabazón en la trama intenta reflejar la pausada indiferencia en las reflexiones del protagonista (al que por alguna razón no se le da un nombre). Las intervenciones de Scamarone, el bufonesco fotógrafo que lo acompaña, funcionan como un medido contrapunto cómico.
La escritura gana solidez y la visión se vuelve más nítida en los fragmentos dedicados a la evocación de la muerte de Paulo. Mediante un tono sencillo y despojado se logra transmitir la inmensidad de una pérdida que no requiere de estridencias sentimentales. El mismo recurso ennoblece los meritorios pasajes en los cuales Jazmín relata sus vanos intentos por localizar y rescatar a su madre, detenida por las fuerzas de seguridad. Los capítulos destinados a construir el personaje de Mónica, en cambio, no alcanzan la misma eficacia literaria.

La novela transcurre en un par de días. El regreso del periodista a Lima deja varios enigmas pendientes y un final, tal vez demasiado abierto, que el lector debe cerrar con su propia imaginación.

Reseña en Revista Ñ

Wednesday, March 04, 2009

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¿Y dónde está Oreja de perro?

Tuesday, February 24, 2009
El Peruano, Cultura. "Pie de Página"
P. 29
24- 02-2009

Cuando una novela le advierte en su primera página que datos, personajes y circustancias son ficticios, mata la sorpresa. El lector sabe bien en qué se mete cuando compra una obra literaria. A menos que sea una novela de no ficción, claro.
He seguido la obra de Iván Thays desde su primer trabajo, Las fotografías de Frances Farmer, y a mi modesto entender Un lugar llamado Oreja de perro, con la cual nuestro escritor fue finalista del Premio Herralde de Novela 2008, no está entre lo mejor de su narrativa.
En Un lugar.. abundan los clichés, personajes deducibles. En cambio, tengo buenos recuerdos de El viaje interior y La disciplina de la vanidad, sus anteriores obras, donde los personajes eran más sinceros y cercanos al universo del autor.

Argumento central: un periodista al cual se le muere e hijo trata de escribir una carta a su mujer mientras está en comisión en la zona conocida como Oreja de Perro, cubriendo un evento presidencial. A Thays le ha sucedido lo mismo que a Roncagliolo o Cueto: Su problema al describir Ayacucho y Oreja de Perro, zonas que no conocen o no han investigado lo suficiente, es que más parece una imagen de postal intercambiable con cualquier lugar.

Los personajes: un narrador personaje que es un periodista atormentado con sus problemas personales. El fotógrafo, Scamarone, como antípoda: hablantín, exagerado, conchudo. Mónica, la esposa, un personaje difuso.

Las escenas más intensas de la novela son las que se refieren a Paulo, el hijo que muere tempranamente. En cambio, la periodista ayacuchana, Jazmín, y la antropóloga de la Católica, Maru, son personajes que parecen estar ahí solo para relacionar la novela con los testimonios recogidos por la Comisión de la Verdad.

El novelista Miguel Gutiérrez ha dicho que la época de la guerra interna que vivió el país seguirá inspirando a los escritores peruanos, pero no sabemos si hoy o mañana se escribirá la gran novela de esa etapa. Y de Thays siempre esperaremos buenas obras.

José Vadillo Villa